historia politica economica y social del siglo xx
EL SALVADOR DE 1970 A 1990 Política, economía y sociedad En las últimas tres décadas de 1970 a 1990,
se han suscitado en El
Salvador cambios políticos, económicos y sociales cuyo sentido global muchas
veces escapa a la comprensión de quienes se interesan por los derroteros del
país. Una visión global del proceso histórico salvadoreño de las últimas tres
décadas no puede dejar de remitirse a los tres grandes ejes que la articulan:
(a) la conflictividad sociopolítica que caracterizó la vida nacional durante las
décadas de 1970 y 1980; (b) la reestructuración de la economía que comenzó a
adquirir perfiles definidos durante la década de 1980 y que se ha continuado en
la década de 1990; y (c) el proceso de democratización política que se comenzó
a gestar a inicios de la década de 1980, y que obtuvo un impulso decisivo con
la firma de los acuerdos de paz (1992). En las páginas que siguen haremos un
análisis de esos dinamismos. La conflictividad sociopolítica Desde mediados de la década de los cuarenta hasta el estallido de
la guerra civil y su finalización, el proceso histórico salvadoreño estuvo
atravesado por fuertes tensiones entre los actores sociopolíticos y económicos
del país. En repetidas ocasiones, esas tensiones se tradujeron en crisis
sociopolíticas marcadas por la confrontación entre aquellos que daban vida a las
lógicas contradictorias: las clases medias, cuyos miembros más lúcidos
estudiantes, profesores, empleados asumían y daban expresión al malestar de la
sociedad ante los diversos tipos de exclusión de que eran objeto; los sectores
populares que, a través de organizaciones campesinas y sindicales, demandaban
el respeto a sus derechos humanos básicos; el estamento militar, en cuyo seno
pervivían orientaciones diversas y hasta encontradas acerca del modo de cómo
enfrentar el malestar‘ de la sociedad con la coacción o la apertura
institucional; y los grupos de poder económico primero los cafetaleros, luego
los algod0neros y cañeros, y después los industriales y banqueros, cuyo
principal interés era garantizar su riqueza y que veían con temor no sólo las
movilizaciones sociales, sino las pretensiones de reforma social abanderadas
por los militares jóvenes. En los años setenta, al hacerse presentes las organizaciones
campesinas, las tensiones sociales y políticas se agudizaron, dando pie a un
ambiente de efervescencia social nunca antes visto en la historia reciente de
El Salvador. Las organizaciones populares y los sectores más radicales de las
clases medias optaron por la lucha armada revolucionaria; el estamento militar
endureció sus posturas y se volvió más excluyente; y los grupos de poder
económico no sólo clamaron por medidas de fuerza contra quienes cuestionaban su
poder y riquezas, sino que ellos mismos asumieron actitudes militantes por
ejemplo con el Frente de Agricultores para la Región Oriental (FARO) o
auspiciando grupos para militares para enfrentar a las organizaciones
campesinas, sindicales, estudiantiles y de maestros. El desenlace de esta acumulación de convictos irresueltos,
malestar social, marginalidad, radicalismo político y autoritarismo militar fue
la guerra civil que abatió al país a lo largo de la década de los ochenta y que
culminó con la firma de los acuerdos de paz en enero de 1992, los cuales fueron
concebidos con elPropósito no sólo de terminar la guerra, sino de establecer las
bases para que las tensiones que alimentaron el proceso político de El
Salvador, a lo largo del siglo XX, comenzaran a ser superadas. Golpes de Estado y poder militar
(1944-1979) En 1944, el general Maximiliano Hernández Martínez dejó el
gobierno. Con su salida, El Salvador comenzó lo que parecía ser una nueva etapa
en su vida política: la fase atravesada por continuos golpes de Estado de la
lucha partidaria por la gestión del Estado. Esta fase coincidió con los inicios
del protagonismo económico de la burguesía industrial, el cual se frustró en
forma dramática con el fracaso del proyecto sustitutivo de importaciones
plasmado en el Mercado Común Centroamericano (MERCOMUN), mismo que se quebró
definitivamente cuando estalló la guerra entre El Salvador y Honduras en 19692. El movimiento popular actor fundamental en el triunfo de la huelga
de brazos caídos se aglutinó en tomo a la figura del líder populista Arturo
Romero y el Partido Unión Democrática (PUD) del que Romero era el líder y se
preparó para el proceso electoral, convocado por la Junta de Gobierno formada
tras la renuncia de Hernández Martínez, mientras que la oligarquía y los grupos
sociales más conservadores se agruparon en tomo al Partido Agrario (PA). El
Partido Comunista de El Salvador (PCS), principal fuerza política durante el
levantamiento campesino de 1932, no tenía mucho que ofrecer en estas
circunstancias dada su debilidad organizativa y la escasa base social con la
que contaba y Diversas circunstancias llevaron a la salida del General Hernández
Martínez del poder; una vez que ello se produjo, se iniciaron el en el país una
secuencia de golpes de Estado, tal como a continuación se expone a 21 octubre
de 1944. Separado Hernández Martínez del poder, todo estaba listo en el país
para dar paso al juego democrático. Sin embargo, la fuerza del movimiento
popular había crecido tanto que los grupos de poder económico especialmente los
vinculados a la producción de café, en alianza con un grupo de militares,
realizaron un golpe de Estado, el 21 de octubre de 1944, con el propósito de
desarticular la organización popular. La junta de gobierno que dirigía al
Estado en ese momento encabezado por el general Andrés Ignacio Menéndez se empeñaba por lograr un proceso pacífico de
transición hacia un régimen democrático en El Salvador y bajo circunstancias
muy difíciles. Las condiciones económicas eran más favorables en 1944, pero el
problema principal no era éste; el obstáculo que resultó insuperable fue el
obstruccionismo de aquellos grupos de poder y de los militares quienes, so pena
de socavar el poder político acumulado en sus manos, no estaban dispuestos a
tolerar la instauración de un régimen democrático. Es así como un grupo de militares decide, el 21 de octubre de
1944, hacerse del poder estatal, siendo el líder del movimiento golpista, el
director general de la Policía Nacional (PN), coronel Osmín Aguirre y Salinas.
A raíz del golpe de Estado, Menéndez fue obligado a renunciar y los miembros de
la Asamblea Legislativa fueron convocados al cuartel El Zapote para presenciar
la instauración de Aguirre como presidente provisional. Con Aguirre y Salinas
se inauguró una modalidad de “juego electoral” en el que la oposición política
no tendría posibilidades reales de acceder al poder, ya que el partido en el gobierno
utilizaría los recursos del Estado para asegurar el triunfo del candidato
oficial por lo general un militar que sería, a su vez, el candidato de la
oligarquía. Aguirre y Salinas intentaron controlar a los grupos opositores,
cuyas principales figuras eran Miguel Tomás Molina y Arturo Romero, los cuales
dieron vida al “romerismo”, un movimiento de lucha por las libertades cívicas
que logró aglutinar a los principales grupos opositores al militarismo. Además,
Aguirre y Salinas hicieron todo para controlar el movimiento sindical
aglutinado en la Unión Nacional de Trabajadores (UNT). En diciembre de 1944,
aplastó una revuelta en el barrio San Miguelito y repelió una invasión lanzada
por la oposición desde Guatemala. Después de gobernar con mano dura durante
casi cinco meses, convocó a elecciones para presidente, encargándose de que la
victoria del candidato de la élite cafetalera, el general Salvador Castaneda
Castro, fuese segura. Tal como estaba previsto, éste asumió la presidencia el 1
de marzo de 1945. (b) 14 de noviembre de 1948: “La revolución del 48”. La
sucesión de Castaneda Castro, en 1948, dio lugar a una nueva crisis política.
Este pretendía reelegirse, con lo cual generó malestar e inconformidad en las
filas del ejército, en sectores importantes de la burguesía industrial con una
visión desarrollista y en los sectores populares que exigían reformas
democráticas. Este proceso trajo como resultado la llamada “revolución del 48”,
misma que dio lugar a la conformación de un “Consejo de Gobierno Revolucionario”,
cuya finalidad declarada era restaurar la institucionalidad perturbada por
Castaneda Castro. El Consejo de Gobierno Revolucionario preparó unas elecciones
en las que salió electo, en septiembre de 1950, el coronel Oscar Osorio,
candidato del nuevo partido oficial, el Partido Revolucionario de Unificación
Democrática (PRUD). Con Osorio no sólo comenzó el auge de la producción
algodonera, sino que éste se esforzó por hacer del aparato estatal el promotor
del crecimiento, lo cual quedó sancionado en la Constitución de 1950 en la que
se justifica el nuevo rol interventor del Estado. Influído por la Constitución
mexicana de 1917, el texto constitucional de 1950 prescribe lo siguiente: un intervencionismo estatal orientado a
asegurar a todos los habitantes de El Salvador una existencia digna de un ser
humano; garantizar la propiedad privada
en función social; restringir la libertad económica en lo que se oponga al
interés social; y regular con carácter tutelar las relaciones entre el capital
y el trabajo estableciendo, entre otras cosas, la limitación de la jornada
laboral, la asociación sindical, la contratación colectiva y el salario mínimo.
Los golpes de Estado de 1960-1961. Oscar Osorio fue sustituido, en los comicios
presidenciales de 1956, por el candidato del PRUD, coronel José María Lemus,
quien fue derrocado el 26 de octubre de 1960 por medio de un nuevo golpe de
Estado en el que participan diversos sectores de la vida nacional, desde
representantes de izquierda hasta importantes fracciones de la burguesía. El
gobierno de Lemus se inició con una profundización de las reformas iniciadas
con Osorio, llegando incluso a permitir el ingreso al país de todos los
exiliados y prometiendo el respeto a los derechos individuales y colectivos.
Una muestra de su disposición a cumplir con sus compromisos fue la derogación
de la “Ley de defensa del orden democrático y constitucional”, la cual tenía
elementos claramente antidemocráticos. La relativa tolerancia mostrada por el
régimen ‘de Lemus estimuló la actividad organizativa sindical y política, a lo
cual se sumó tanto el impacto de la revolución cubana en el ámbito
universitario como el empeoramiento de la situación económica, asociada al
ciclo depresivo que en ese momento afectaba al mercado internacional de café.
Ante las movilizaciones de los sindicatos, estudiantes y diversos sectores de
la clase media, el gobierno de Lemus comenzó a endurecerse: disolvió por la
fuerza las concentraciones populares, asaltó la Universidad Nacional y decretó
el Estado de sitio. Es en este marco que emergió el Frente Nacional de
Orientación Cívica formado por partidos
políticos de centro y de izquierda, asociaciones estudiantiles y sindicatos que
preparó y ejecutó el golpe de Estado del 26 de octubre de 1960. Tras el triunfo del movimiento golpista, se instaló una Junta de
Gobierno formada por tres civiles y tres militares, que se mantuvo en el poder
desde esa fecha hasta el 6 de febrero de 1961. Las pretensiones de esta Junta
eran “restablecer la legalidad y promover un proceso democrático y
constitucional, que desembocaría en un evento electoral libre”. El proyecto se
frustró cuando la misma fue derrocada, el 6 de febrero de 1961, por un nuevo
golpe de Estado que desembocó en la instauración de un Directorio Militar. Este
Directorio estuvo fuertemente influenciado por Estados Unidos, por lo cual
pronto comenzó a poner en práctica una serie de reformas económicas y sociales
nacionalización del Banco Central de Reserva (BCR), leyes de protección a los
campesinos, rebaja en los alquileres de las viviendas populares con que Estados
Unidos pretendía neutralizar la influencia de la revolución cubana en el
continente. En 1962, el Directorio Militar permitió la toma del poder, a través
de un proceso electoral, del candidato del Partido de Conciliación Nacional
(PCN) fundado en septiembre de 1961, coronel Julio Adalberto Rivera, quien hizo
de la proclama del 6 de febrero de 1961 su programa de gobierno. Rivera fue
relevado del cargo en 1967, tras haberse desempeñado en su cargo durante un período
de 5 años, por el general Fidel Sánchez Hernández, que gobernó hasta 1972. En
las elecciones de este año triunfó el coronel Arturo Armando Molina, quien,
tras cumplir su período de mando en el ejecutivo, dejó el poder en manos del
general Carlos Humberto Romero, en 1977. En un ambiente sociopolítico sumamente
violento, el gobierno de Romero se vio abruptamente interrumpido el 15 de
octubre de 1979, cuando un grupo de militares jóvenes, encabezados por el
coronel Arnoldo Majano y el coronel Jaime Abdul Gutiérrez, promovieron un golpe
de Estado e instalaron una Junta Revolucionaria de Gobierno. El golpe de Estado de 1979 fue el último de la larga serie de
golpes de Estado que marcaron la vida política de El Salvador en el siglo XX.
La coyuntura que se abrió después de octubre de 1979 fue cualitativamente
distinta de las vividas con anterioridad. En 1979 se cerró una fase de la
historia política de El Salvador y se abrió otra, la cual estuvo marcada por la
emergencia del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), como
principal polo de oposición frente al Estado y por el estallido de una guerra
civil en la que justamente se confrontaron el proyecto insurgente y el proyecto
gubernamental. En definitiva, en 1948, los militares salvadoreños intentaron
impulsar un nuevo modelo de dominación política y económica centrado en una
serie de reformas socioeconómicas, la modernización estatal y la coacción. Sin
embargo, ese modelo adolecía de una debilidad fundamental, ya que se apoyaba en
la creencia de que el café tenía una importancia primordial y que debía
evitarse que la operación de ese sector se viera afectada por reformas que
pudieran alterar el precario equilibrio de un país con muy poco territorio, una
economía emergente y una población que crecía con gran rapidez. Los militares
no pudieron caer en la cuenta de que la operación del sector cafetalero no
estaba indisolublemente ligada a la oligarquía por una especie de hechizo
histórico irrompible. Desde 1948 hasta 1979, los militares fueron incapaces de tomar
conciencia sobre las necesidades sociales, políticas y económicas del país y de
que éstas, a su vez, exigían no sólo reformas estructurales, sino también de
una apertura política que sólo podía hacerse efectiva con el apoyo del estamento
militar. No valoraron adecuadamente el poder político y económico de los grupos
productores-exportadores de café, a partir del cual éstos podían impedir
cualquier tipo de reforma. Los militares pudieron haber jugado un papel crucial
en este proceso, tal y como lo hicieron en otros países de América Latina, pero
en El Salvador no lo hicieron. En cambio, durante las tres décadas siguientes,
los militares controlaron la sociedad sin llegar a dominarla No lograron
convertirse en el actor hegemónico que podría reemplazar a la oligarquía;
perdieron varias oportunidades de formar coaliciones importantes e impidieron
el que otros las formaran.La pretensión de los militares de propiciar una cierta
industrialización, así como una legislación que protegiera mínimamente los
derechos de los trabajadores el reformismo militar dejó intacta la sociedad
salvadoreña. Los cambios ocurridos no fueron planeados y, en la mayoría de los
casos, ni siquiera previstos. Los gobiernos militares no fueron oligárquicos,
pero sí beneficiaban a la oligarquía; todos esos gobiernos fueron dictaduras
militares; no se permitió nunca que las instituciones republicanas prosperaran
ni siquiera que operaran por algún período considerable. La violencia sociopolítica en la
década de 1970 En la década de los años setenta se generó en el país una
situación de intensa conflictividad social y política, la cual estuvo
directamente vinculada no sólo con el empeoramiento de las condiciones de vida
de los sectores populares obreros, campesinos, vendedoras de mercados,
habitantes de tugurios, sino con la exclusión política de la que hicieron gala
los gobiernos del coronel Arturo Armando Molina y el general Carlos Humberto
Romero, quienes llegaron al poder tras sendos fraudes electorales, en 1972 y
1977, respectivamente. En estos dos acontecimientos políticos, tuvo un papel
protagónico la Unión Nacional Opositora (UNO), integrada por el Partido
Demócrata Cristiano (PDC), el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) y la
Unión Democrática Nacionalista (UDN), La UNO, sin duda alguna el más importante
frente político-electoral en la historia contemporánea de El Salvador, no sólo
era expresión de las demandas de democratización y de resistencia al
militarismo de la sociedad salvadoreña, sino que también representaba una
salida relativamente pacífica al conflicto sociopolítico que se iba perfilando
en el país..En el fraude electoral de 1972, la UNO llevó a José Napoleón
Duarte como candidato, mientras que el Partido de Conciliación Nacional (PCN)
llevó al coronel Arturo Armando Molina, quien se impuso después de una
manipulación descarada de los resultados electorales. En las elecciones de
1977, la UNO participo con el coronel Ernesto Claramout y nuevamente fue
víctima de un fraude electoral que llevó al poder al candidato del PCN, el
general Carlos Humberto, Romero. Ante este fraude, la protesta popular no se
hizo esperar. Los dirigentes de la UNO y varios miles de sus seguidores -entre
los que se encontraban vendedoras de los mercados, empleados, obreros, campesinos
y estudiantes se “tomaron” la Plaza Libertad en el centro de San Salvador. En
la madrugada del 28 de febrero de ese año, unidades de los cuerpos de seguridad
desalojaron, con gases lacrimógenos y ráfagas de ametralladora, la
concentración popular. , Fue en esta coyuntura que nacieron las “Ligas
Populares 28 de febrero”, una organización popular que, junto al Bloque Popular
Revolucionario (BPR), el Frente de Acción Popular Unificada (FAPU), el
Movimiento de Liberación Popular (MLP) y la UDN, va a ocupar un lugar
protagónico en el proceso sociopolítico de los años setenta. Asimismo, dentro
de las organizaciones populares, fue particularmente importante el papel de los
sectores campesinos, sobre todo porque la exclusión socioeconómica que pesaba
sobre ellos agudizada por el fracaso de la transformación agraria auspiciada
por Molina en 1976 los hacía más
sensibles a iniciativas como las de la Iglesia católica, a través de la
Compañía de Jesús encaminadas a fomentar la lucha por sus derechos, entre los
cuales ocupaba un importante lugar el derecho a organizarse. La Federación
Cristiana de Campesinos Salvadoreños (FECCAS), fundada. En 1969 como una asociación de ligas campesinas, resurgió en
Aguilares a mediados de los setenta como la más fuerte organización campesina,
mientras que en Usulután y Chalatenango se fundó la Unión de Trabajadores del
Campo (UTC), que, nacida del trabajo pastoral, pronto derivó su accionar hacia
el terreno político. Ambas organizaciones entraron en contacto en 1975 y se
articularon en la Federación de Trabajadores del Campo (FTC), la organización
campesina más fuerte que ha conocido la historia del país. A lo largo de ese
año, esta organización estableció nexos con ANDES 21 de Junio (la organización
de losmaestros salvadoreños), con las Fuerzas Universitarias
Revolucionarias 30 de Julio (PUR—30), con los Universitarios Revolucionarios 19
de Julio (UR-19), con la Unión de Pobladores de Tugurios (UPT) y con el
Movimiento Estudiantil Revolucionario de Secundaria (MERS). El 5 de agosto de 1975
nació el BloquePopular Revolucionario (BPR), como un frente popular de masas, que
buscaba asegurar al movimiento popular con miras más amplias y un aporte
teórico más sólido, pero enraizado en las masas campesinas, prestas a desfilar
por las calles de San Salvador, conscientes de su fuerza y con la idea de que
se podía nadar contra la corriente cuando el río era todavía pequeño, pero que
nadie podía lograrlo si éste se volvía poderoso. FECCAS-UTC se perfilaron como organizaciones revolucionarias, lo cual
se tradujo en una combatividad creciente que se sumó al accionar político-
reivindicativo que el Bloque Popular Revolucionario (BPR) desarrollaba en
diversas zonas del país, sobre todo en la capital. Entre 1975 y 1979, el
movimiento popular salvadoreño cobró un nuevo impulso y nuevas perspectivas al
sumarse a las actividades del BPR, el Frente de Acción Popular Unificada
(FAPU), fundado en 1974; las Ligas Populares 28 de Febrero (LP-28), fundadas en
1977; y el Movimiento de Liberación Popular (MLP), constituido en 1979. A lo
largo de este período, el movimiento popular organizado se convirtió en un
actor fundamental de la dinámica social y política en El Salvador7. A medida
que se acrecentaron las movilizaciones y acciones de hecho de las organizaciones
populares que se expresaron en movilizaciones de calle, toma de locales
públicos e iglesias, así como por tomas de propiedades agrícolas, la represión
gubernamental se agudizó. Paralelamente al crecimiento y consolidación del
movimiento popular, se fortaleció otro grupo de actores presentes en el
quehacer socí0político de los años setenta: las organizaciones
político-militares. Estas organizaciones, formadas por miembros radicalizados
de las clases medias especialmente por estudiantes y profesores universitarios,
que en cierto modo dieron continuidad al papel protagónico de los sectores
medios desde la caída del general Maximiliano Hernández Martínez y, en menor
medida, por líderes sindicales, no sólo multiplicaron sus acciones militares
secuestros de empresarios, hombres de negocios y diplomáticos, ataques a
puestos militares, quemas de vehículos automotores, sino que dieron inicio a un
proceso de acercamiento a las organizaciones populares, de las cuales
comenzaron a reclutar a nuevos cuadros guerrilleros. Los grupos político-militares no sólo hicieron eco de las ideas de
cambio social difundidas a partir de la revolución cubana de 1959 rompiendo,
así, con el acomodamiento sociopolítico del PCS, que básicamente se había
resignado a participar en el juego electoral, sino que justificaron su
irrupción apelando tanto a la pobreza crítica en que vivían la mayor parte de
salvadoreños como a la exclusión política de la que hacían gala los gobiernos
militares. Integrados en su mayoría por jóvenes radicalizados de los sectores
medios, los grupos político militares una vez que consideraron que las vías
legales para acceder al poder estatal se habían agotado optaron por la lucha
revolucionaria como mecanismo idóneo para enfrentar a los regímenes militares;
primero, del coronel Molina; después, del general Romero; y, ya en los años
ochenta cuando se aglutinaron en el FMLN, a la Junta Revolucionaria de
Gobierno, al gobierno de Napoleón Duarte (1984-1989) y, al cierre de la década
de los ochenta y principios de la década de los noventa, al gobierno de Alfredo
Cristiani. En El Salvador entre 1970 y 1980 maduraron una serie de condiciones
que hicieron factible la vinculación entre el movimiento guerrillero,
conformado por las organizaciones Fuerzas Populares de Liberación (FPL),
Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Resistencia Nacional (RN), Partido
Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC) y las Fuerzas
Armadas de Liberación. (FAL), en todas las cuales la inspiración ideológica era
el marxismoeninismo y el objetivo fundamental la toma del poder político del
Estado través de la lucha armada, y el movimiento popular organizado. Al cierre
de la década de los ochenta, cada organización guerrillera había establecido
nexos con un “frente de masas” determinado. Así, las Fuerzas Populares de
Liberación (FPL) se vincularon con el BPR, el Ejército Revolucionario del
Pueblo (ERP) lo hizo con las 28, las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional
(FARN) con el FAPU y el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos
(PRTC) con el MLP. Por su parte, la organización guerrillera del Partido
Comunista, las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), redefinieron sus relaciones
con la Unión Democrática Nacionalista (UDN) que, de partido político, se
convirtió en un frente de masas“. Gestación y culminación de la
guerra civil La década de los años setenta se cierra en El Salvador con una
grave crisis política. El gobierno del general Carlos Humberto Romero, pese a
que puso en marcha medidas como la “Ley de defensa y garantía del orden
público” inspirada en la Doctrina de la Seguridad Nacional que los gobiernos
militares suramericanos habían implementado para contener la participación
sociopolítica", fue incapaz de controlar el desborde de las organizaciones
populares. El 15 de octubre de 1979, un grupo de militares progresistas
efectuaron un golpe de Estado, con pretensiones reformistas, que es cooptado
por militares conservadores. Mientras tanto, las organizaciones populares
radicalizaron sus demandas y, como consecuencia de ello, tuvieron que soportar
los embates de la represión estatal. La Junta Revolucionaria de Gobierno no
pudo hacer frente a la crisis política, respondiendo a las movilizaciones de
las organizaciones populares con enormes cuotas de represión estatal. Cuando
José Napoleón Duarte se incorporó a la Junta, en diciembre de 1980”, se
iniciaron ciertas reformas económicas y sociales reforma agraria y
nacionalización de la banca y del comercio exterior pero las mismas fueron acompañadas con
fuertes dosis de violencia estatal. Los líderes de las organizaciones populares
percibieron que no había otro camino que la insurrección revolucionaria. Esta
opción se concretó en la creación, en mayo de 1980, de la Dirección
Revolucionaria Unificada-Político Militar (DRU-PM), un mando conjunto que
coordinaría las actividades militares de los diferentes núcleos guerrilleros y
la Coordinadora Revolucionaria de Masas (CRM), que se encargaría de coordinar
el trabajo político de los frentes de masas. En abril del mismo año, se
constituyó el Frente Democrático Revolucionario (FDR), que aglutinó a la gran
mayoría de organizaciones revolucionarias y a los partidos de oposición,
instituciones, gremios y personalidades democráticas del país. En octubre de
1980, la DRU se transformó en el Frente Farabundo Martí para la Liberación
Nacional (FMLN)” Los
cuerpos de seguridad Policía Nacional (PN), Guardia Nacional (GN) y Policía de
Hacienda (PH) y los grupos armados conocidos como “escuadrones de la muerte”,
tomaron medidas de hecho en contra de los grupos organizados, líderes
sindicales y campesinos, religiosos y religiosas. El golpe de más resonancia
pública y de más impacto en la conciencia colectiva lo constituyó el asesinato
del Arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar Arnulfo Romero, el 24 de marzo de
1980, mientras oficiaba una misa en la capilla del Hospital “La Divina
Providencia”. Al asesinato de Mons. Romero siguió la muerte en noviembre de ese
mismo año de los dirigentes del FDR, Juan Chacón, Enrique Álvarez Córdova,
Manuel Franco, Enrique Escobar, Humberto Mendoza y Doroteo Hernández, quienes
fueron secuestrados en un colegio católico capitalino El Externado de San José
mientras efectuaban una reunión de trabajo, siendo posteriormente asesinados.
Estos crímenes que se produjeron en el contexto de la muerte cotidiana de
decenas de miembros y simpatizantes de las organizaciones populares, religiosos
y religiosas, estudiantes, obreros y campesinos al menta la idea, en los
involucrados en el proceso, de que la insurrección no podía esperar más. A finales de 1980, lo grupos organizados de izquierda prepararon
la llegada del año siguiente. El 10 de enero de 1981, el FMLN lanzó su
“ofensiva final” (“ofensiva general”), destinada a provocar un levantamiento
popular que condujese a la caída de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Esta
última resistió la ofensiva guerrillera y lanzó una contraofensiva militar que
obligó al FMLN a intimarse en las escasas zonas montañosas del país,
especialmente al norte de los Departamentos de Chalatenango y Morazán. Se
inició, así, la guerra civil, durante la cual se implementaron las más variadas
tácticas de guerra por parte de los contendientes, con el objeto de lograr una
victoria definitiva. Durante la gestión de José Napoleón Duarte primero en la Junta
Revolucionaria de Gobierno y después como presidente constitucional
(1984-1989) se implementó la estrategia
contrainsurgente denominada “Guerra de Baja Intensidad” (GBI)‘2, la cual fue
auspiciada por el gobierno de Estados Unidos y permitió establecer una
colaboración estrecha entre los ejércitos de este país y el de El Salvador.
Financiamiento, pertrechos de guerra y asesoramiento militar sin límites
huyeron desde Estados Unidos hacia nuestro país; se multiplicaron los
batallones de infantería de reacción inmediata Atlacatl, Cobra, Atonal, cuya
misión era librar batallas contra las fuerzas del FMLN utilizando sus mismas
técnicas y modalidades de guerra. Paralelamente a este esfuerzo militar, se
ejecutaban medidas de acción cívica en los lugares de presencia guerrillera
para ganar “las mentes y los corazones” de la población potencialmente
simpatizante de los insurgentes, quienes terminarían como “el pez fuera del
agua”. Cuando Duarte dejó la presidencia, legó a Alfredo Cristiani
triunfador, como candidato del partido Alianza Republicana Nacionalista
(ARENA), en las elecciones
presidenciales en marzo de 1989 no sólo un expediente de buenas
relaciones con el gobierno de Estados Unidos, sino un ejército bien entrenado y
apertrechado, con grandes sumas de dinero concentradas en manos de sus
principales jerarcas y con una disposición a combatir sin cansancio a todos
aquellos que pudiesen ser considerados comunistas, socialistas o
revolucionarios. Mientras tanto, el FMLN desplego todas las potencialidades
forjadas durante la década anterior. Innumerables miembros de las
organizaciones populares de la ciudad
muchos de ellos sobrevivientes de la represión que se desató en el país
entre 1981 y 1983 se incorporaron a sus filas. Lo mismo hicieron innumerables
campesinos procedentes tanto de la RECCASUTC como de otras organizaciones
Campesinas, quienes no sólo pasaron a integrar las filas del ejército
guerrillero, sino que se convirtieron en su base social fundamental, su fuente
de abastecimiento y la garantía de su supervivencia material. En estas
condiciones, militarmente el FMLN se convirtió en una guerrilla poderosa, capaz
de enfrentarse a un ejército de más de 50 mi] hombres asesorado, entrenado y
financiado por Estados Unidos, en un territorio de 21 mil kilómetros cuadrados,
sin grandes montañas y rodeado de países con regímenes hostiles a la lucha
guerrillera (Honduras y Guatemala). Lentamente, el FMLN comenzó un proceso de
readecuaciones internas que se tradujeron en cambios significativos en sus
planteamientos estratégicos, todo lo cual no fue ajeno a la reestructuración
del escenario internacional propiciado por el derrumbe del bloque del Este, así
como al, la nueva correlación de fuerzas que al interior del país tras doce
años de una guerra civil empantanada, el cansancio social generalizado y el
fuerte impacto nacional e internacional del asesinato, el 16 de noviembre de
1989 y por tropas del ejército, de los jesuitas Ignacio Ellacuría, Segundo
Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno, Ignacio Martín Baró, Joaquín López y
López, y las colaboradoras Elba Ramos y su hija Celina Maricet se impuso entre los bandos en contienda, En
ese escenario, el FMLN transitó, no sin dificultades y largos debates
ideológico-políticos”, de una
lucha revolucionaria por el poder político del Estado a una lucha
revolucionaria por la fundación de una nación en que la democracia social y
política llegaran a ser los ejes axiales de la vida social, económica y
política, Por su parte, el partido ARENA, tras dejar atrás sus antecedentes de
institución Vinculada a los escuadrones de la muerte a principios de los años
ochenta y respaldado por su ala más moderada, encaró los desafíos que planteaba
una negociación del fin de la guerra con el FMLN. La ofensiva lanzada por los
insurgentes en noviembre de 1989 puso de manifestó no sólo que un triunfo
militar definitivo por cualquiera de los bandos no estaba cercano, sino que los
costos económicos de la guerra hacían inviable cualquier propuesta de
desarrollo económico social. El consenso sobre este punto al igual que la buena
voluntad y el empeño puestos por las comisiones negociadoras fue lo que
desencadenó la ronda de negociación que culminó, en enero de 1992, con la firma
de los acuerdos de paz.
Los acuerdos de paz de Nueva York (1991) y Chapultepec (1992)
constituyeron un punto de partida fundamental para el nuevo proyecto de nación
la República democrática que el FMLN hizo suyo en el transcurso de los 12 años
de guerra civil. También se convirtieron en el punto de partida para que el
gobierno de ARENA pudiera implementar sus planes de desarrollo económico
orientados no sólo a fortalecer el sistema financiero, sino a generar confianza
entre los grupos empresariales nacionales e internacionales. La reestructuración de la
economía En la década de los cincuenta, el coronel Oscar Osorio promovió un
importante pr0ceso de diversificación agrícola, al favorecer la producción de
algodón como el segundo rubro en importancia para la exportación”. El cultivo
de algodón sólo pudo emerger gracias a la capacitación en el manejo y uso de
fertilizantes a gran escala, así como debido a la utilización de maquinaria y
equipos de para la época y las condiciones del país elevada tecnología. En la
década siguiente, este proceso de modernización auspiciado por Osorio y antes
de su gobierno, por la “revolución del 48” alcanzó su mejor expresión en la dinámica
industrial que se generó, y en la cual se vieron envueltos los cinco países
centroamericanos. En efecto, durante la primera década del decenio de 1960, los
países de la región centroamericana dieron muestras de una notable dinámica de
crecimiento económico. Este fenómeno respondió indudablemente a la
participación de la producción industrial manufacturera en el intercambio
comercial de la región. A partir de la segunda mitad de la década, ese ritmo
comenzó a desacelerarse, lo cual llevó a la crisis del modelo regional de
integración de los mercados del área centroamericana. El grado de
industrialización a nivel regional era bastante uniforme en ese entonces,
teniendo El Salvador una proporción un poco más alta que la de los demás países
y que el promedio regional. Hacia finales de los años sesenta, el desarrollo
industrial se diferenció notablemente en América Central, ya que respecto al nivel
promedio de industrialización sólo Nicaragua, Costa Rica y El Salvador pudieron
sobrepasarlo. Durante los 20 años siguientes, El Salvador se perfiló como el
único país que progresivamente fue perdiendo su participación porcentual en el
producto manufacturero de la región, a diferencia de la evolución relativamente
positiva de los demás países, especialmente de Guatemala. De este modo, el sector manufacturero salvadoreño, después de
contribuir en el Producto Territorial Bruto (PTE) con el 14.6 por ciento, en
1960, y subir al 19 por ciento, en 1969, retrocedió, en 1979, al 14.8
porciento15 . Los cambios más importantes en la estructura productiva del
sector manufacturero salvadoreño y de la región en su conjunto se tradujeron en
el establecimiento de industrias modernas y más dinámicas en las que ocuparon
un lugar importante las industriales modernas y más dinámicas en las que
ocuparon un lugar importante las industriales regionales de soda cáustica,
insecticidas, clorados, llantas, fertilizantes, productos de vidrio, cables,
alambre de cobre y otras, es decir, productos clasificados en los subsectores
de la producción intermedia y metal-mecánica. Esta orientación de la estructura
industrial trajo consigo importantes cambios en el sistema productivo, entre los
cuales destacó la disminución de la participación de las materias primas en la
generación del producto industrial. El esquema económico que se impuso fue el de la “sustitución de
importaciones”, es decir, el de producir bienes manufacturados que tradicionalmente
se adquirían fuera del área centroamericana: las plantas industriales,
amparadas en leyes de fomento industrial, después de realizar una labor de
envasado, etiquetado o armado final reexportaban su producción, con lo cual se
generó un notable incremento en el comercio intracentroamericano. De un valor
de 32.7 millones de dólares en 1960, se llegó a 297.5 en 1970. En el caso de El
Salvador, se pasó de 7.6 millones en 1960 a 65 millones en 1970. Asimismo, casi
tres cuartas partes de los productos centroamericanos eran producidos en
fábricas de propiedad norteamericana o donde el capital de esa procedencia era
mayoritario. El desarrollo industrial salvadoreño de la década de los sesenta
se convirtió en un aliciente para las inversiones extranjeras, en las cuales la
proporción de El Salvador aumentó de 1.6 a 38.1 por ciento”. El despegue
industria] de El Salvador dependía fuertemente de la consolidación del Mercado
Común Centroamericano (MERCOMUN). La guerra con Honduras, en 1969, hizo
colapsar los esfuerzos integracionistas y, con ello, se truncaron las
posibilidades de afianzar sobre bases sólidas el esquema económico que la
Comisión Económica para América Latina (CEPAL) estimaba viable para cada uno de
los países del área. A quebrarse el modelo de sustitución de importaciones en
el marco de la integración centroamericana, El Salvador tuvo que hacer frente a
sus problemas económicos recurriendo a sus propios recursos y a los que
bilateralmente pudiera obtener a partir de sus relaciones internacionales. En
la década de los años setenta, lejos de significar un avance en el crecimiento
del sector industrial, más bien reveló un decrecimiento leve en el mismo;
mientras tanto, el sector agrícola, pese al clima de violencia sociopolítica
que se vivía en el campo, no dejó de crecer, con lo cual los rasgos agrícolas
de la economía salvadoreña se acentuaron. Como señala Oscar Melhado: “los
setenta pueden ser caracterizados como una época de crecimiento económico,
donde se mantuvo la prioridad de la industria manufacturera. Sin embargo, se
incrementó la productividad en el agro. La estructura de la producción se
mantuvo similar a la década anterior. No obstante el apoyo al sector
industrial, no un hubo cambio sustantivo en la composición del PIB, como el
experimentado en la década anterior. Al cierre de la década de 1970, cambios imp0rtantes comenzaron a
operar en el sector agrícola. La primera Junta Revolucionaria de Gobierno
decretó una reforma agraria, la cual fue continuada por las juntas de gobierno
posteriores por la administración presidencial de José Napoleón Duarte
(1984-1989). Aunque la reforma agraria tuvo un impacto político que no se puede
obviar se convirtió, en la década de los ochenta, en un componente de la
estrategia de contrainsurgencia diseñada por el gobierno de Estados Unidos para
El Salvador, su impacto económico fue significativo: movilizó una abundante
mano de obra campesina hacia el sector cooperativo en detrimento de los
cultivos tradicionales de exportación; y
permitió al Estado asumir la responsabilidad en la comercialización
externa del café, el algodón y la caña de azúcar, restando protagonismo a los
grupos oligárquicos tradicionales. En la década de los años ochenta, la reforma
agraria mostró sus debilidades más profundas: era llevada adelante por motivos
políticos y, además, no contaba con una base tecnológica y financiera que
permitieran una modernización a fondo del sector agrícola. Asimismo, en el
marco de la guerra civil, se gestó un proceso de migración de la población
campesina no sólo hacia las principales ciudades del país o hacia la región
centroamericana, sino hacia Estados Unidos, Canadá y Australia. El resultado de
esto fue una “despoblación” del campo, con la consiguiente escasez de mano de
obra.El conjunto de estos desplazamientos de población cambiaron la
fisonomía del campo salvadoreño. Su resultado más notorio fue la reducción del
porcentaje de campesinos respecto de la población total: según datos oficiales
(tomando en consideración únicamente los cantones), en 1971 la población rural
era del 60.4 por ciento. Según el sociólogo Segundo Montes, al considerar los
criterios de dependencia de actividades agrícolas para subsistir y los patrones
de conducta típicamente campesina, para ese año excedía la cifra oficial, pues
habían quedado de lado los municipios en los que residía una parte importante
de la población con patrones de vida campesinos. De] 60 por ciento o más de la
población a principios de la década de los setenta, el campesinado pasó a
representar el 48 por ciento en los años noventa. Y ello sólo se explica por la
dinámica de las migraciones antes señalada. En fin, algo importante ha sucedido
en el agro salvadoreño en los últimos 20 años; sus repercusiones en términos de
oferta de granos básicos y escasez de mano de obra agrícola ya se hacen sentir
en la economía nacional, pues se añaden a la crisis generalizada del agro que
tiene en jaque a las autoridades del país. En el agro salvadoreño se ha operado un proceso de
descampesinizacián, el cual se asocia a otro fenómeno importante: la
urbanización de la vida campesina. El campo salvadoreño no sólo se ha
despoblado significativamente, sino que muchas de las familias que actualmente
lo habitan han mezclado sus patrones de vida campesinos costumbres religiosas,
falta de energía eléctrica y agua potable, viviendas de adobe con patrones de
vida urbanos, alentados estos últimos por los bienes (aparatos estéreos,
refrigeradoras, vídeos), los ingresos en dólares provenientes de las remesas de
parientes residentes en Estados Unidos (con la modificación de los patrones de
consumo que ello hace posible) y los valores urgidos de la interacción de las
familias campesinas con sus parientes en el extranjero (modas, aspiraciones de
viajar, desapego de la tierra).En fin, el declive del sector agrícola inicia aceleradamente en la
década de 1980. Como indica O. Melhado: “la década de los años ochenta
es un período oscuro para
la producción. Se experimentó un clima permanente de violencia e inestabilidad
en todo el país, pero el sector que cargó con el mayor costo fue, sin duda
alguna, el agrícola. Si en algún momento se puede trazar un corte histórico de
cuándo El Salvador dejó de ser un país agrícola, es, precisamente, en los años
del conflicto. La agricultura había reducido durante tres décadas su proporción
en el PIB. La tendencia a la disminución de la importancia de la agricultura
frente a la industria, el comercio y los servicios en general se venía
perfilando desde los sesenta. La guerra le coloca el sello de despedida a la
importancia de la agricultura en el país.
El quiebre de la agricultura como eje principal de la economía
nacional trajo aparejado el fortalecimiento del comercio y las finanzas, a un
grado tal que, desde finales de la década pasada, se inició un proceso de
“tercerización” de la economía nacional; es decir, a un proceso en el cual el
sector terciario se ha convertido en el mayor movilizador de capitales, con el
subsecuente desarrollo de la infraestructura asociada al sector imponentes
centros financieros y grandes c0mplejos comerciales. El crecimiento del sector
terciario no ha sido ajeno a los reacomodos experimentados por el Estado
salvadoreño, no sólo en su estructura interna modernización estatal, sino en su
relación con la economía reprivatización de los bienes estatizados por las
juntas de gobierno en la década de los ochenta y privatización de servicios que
desde su creación fueron servidos por el Estado, como la energía eléctrica y
las pensiones de retiro. Primero la administración del ex presidente Alfredo Cristiani
y, después, la del presidente Armando Calderón Sol han contribuido
decisivamente a afianzar el giro hacia la tercerización de la economía
nacional, al asumir, cada una conMatices y énfasis distintos, elementos del programa de reformas
neoliberales como la apertura externa, la reducción del Estado y la
privatización de servicios públicos, orientando los beneficios de esas reformas
hacia el sector financiero. En el marco de esos propósitos, ambas administraciones han
impulsado una reforma del Estado con miras no sólo a hacerlo más eficiente
mediante su modelización, sino a reducir sus presencia en la economía. Este
segundo objetivo ha sido logrado, primero, reprivatizando los recursos que
fueron expropiados por las juntas revolucionarias de gobierno de los años
ochenta: la banca y el comercio exterior. En segundo lugar, ambas
administraciones han promovido la privatización de servicios como las
telecomunicaciones y las pensiones de retiro, que desde su creación estuvieron
en manos del Estado, De este modo, de un Estado grande, ineficiente e
“intervencionista” se pretende pasar a un Estado fuerte, eficiente y garante
del libre juego de las fuerzas del mercado. La reforma estatal todavía está en
marcha, por lo que es imposible hacer evaluaciones definitivas sobre su éxito o
fracaso, acerca de hacia dónde llevará al país. Democratización política Dos años después de iniciada la guerra civil con las elecciones
para Asamblea Constituyente de 1982 que llevaron a Álvaro Magaña a ocupar
provisionalmente la presidencia de la república durante dos años, se inició
otro proceso paralelo a ella: la transición a la democracia” . Las elecciones
comenzaban a abrirse paso como el mecanismo idóneo para acceder a la gestión
del Estado y ARENA tras iniciar un lento proceso de ruptura con su pasado de
organización paramilitar comenzaba a dar sus pasos como partido político. Esto
último fue particularmente significativo porque con la emergencia de este
partido, los grupos de poder económico volvían nuevamente al escenario político
electoral en busca de la reconquista de la hegemonía política, que estuvo en
manos de los militares desde 1931. ARENA, pues, expresaba la voluntad de los
grupos de poder económico de reasumir las riendas del poder político, sin
intermediarios y en un escenario de conflictividad política y militar sin
precedentes en la historia del país. A partir de aquellas elecciones, se
iniciaron una serie de eventos electorales ininterrumpidos que, llegan hasta la
actualidad, y a partir de los cuales se ha consolidado la idea, entre los
diversos actores sociopolíticos, de que las elecciones y sus resultados deben
ser aceptados por todos. Llegar hasta este punto no fue fácil, puesto que ello
requería aceptar que cualquiera que quisiera participar en las elecciones podía
hacerlo y, si obtenía la victoria, nada impediría que gestionara el poder
estatal. A lo largo de los años ochenta ni los grupos de poder económico ni
los sectores políticos afines a estos estaban dispuestos a aceptar la
eventualidad de que el FMLN pudiera competir electoralmente o, peor aún, que
pudiera obtener una victoria por esa vía. El FMLN, por su parte, no estaba
dispuesto a arriesgar la seguridad de sus miembros o a descartar la posibilidad
de alcanzar por la vía armada la toma total del poder. Sin embargo, la guerra
civil amenazaba cada vez más con prolongarse indefinidamente, sin que ninguno
de los dos bandos se impusiera sobre el otro. La ofensiva guerrillera de
noviembre de 1989 y el asesinato de los jesuitas de la UCA a manos de elementos
del Batallón Atlacatl, desencadenaron una ola de presiones nacionales e
internacionales para que el gobierno de ARENA y el FMLN negociaran de forma
definitiva el cese de las hostilidades. A finales de 1991, tanto el FMLN y el gobierno salvadoreño, a cuya
cabeza estaba Alfredo Cristiani, ultimaban detalles para firmar los documentos
que terminarían con la guerra civil, y que sentarían las bases para una reforma
política y económica del país, en orden a superar los desequilibrios
estructurales que generaron el conflicto. El 16 de enero de 1992, los acuerdos
de paz fueron firmados, con lo que se inauguró una nueva fase del proceso de
transición democrática iniciada a principios de la década de los años ochenta”.
Así, desde 1992 hasta 1996 año en que los acuerdos estaban en su fase terminal
de cumplimiento, la sociedad salvadoreña contó con una instancia normativa los
acuerdos de paz orientada a medir los ritmos de su desarrollo sociopolítico, institucional
y económico. A partir de aquel momento 10 que se hiciera o dejara de hacer en
país tendría que ser valorado en el contexto de los acuerdos de paz, cuyo
cumplimiento constituía no sólo una obligación de los principales actores
sociopolíticos firmantes de los mismos la primera administración de ARENA y el
FMLN, sino del conjunto de la sociedad. Tres son los temas fundamentales abordados en el Acuerdo de Paz:
el político, el económico-social y el judicial. En materia política, los
acuerdos de paz estipularon una serie de pasos orientados a la democratización
del sistema político, lo cual suponía no sólo la salida de los militares del
ejercicio del poder político, sino la renuncia a las vías autoritarias como
mecanismo para disputar y acceder a la gestión estatal, la aceptación del
pluralismo ideológico y político, y el fortalecimiento de los partidos y del
parlamento. En el terreno económico-social, estipularon una serie de mecanismos
no sólo orientados hacia la reforma del modelo económico particularmente en lo
que atañe al problema agrario y la implementación de medidas tendientes a
paliar los costos de los programas de ajuste estructural, sino hacia la
constitución de una instancia de discusión de los problemas estrictamente socio
laborales, como lo era el Foro de Concertación Económico-social. Finalmente, en el ámbito judicial, los
acuerdos plantearon una serie de reformas, cuyo propósito era fortalecer y
hacer más eficaz la administración de justicia en el país. Cuatro años después de firmados, los acuerdos de paz fueron
declarados oficialmente cumplidos. No obstante, aspectos sustantivos de estos
acuerdos como la implantación de nuevas relaciones entre trabajadores, Estado y
empresarios, la depuración del sistema de justicia y la democratización de los
partidos políticos quedaron pendientes y constituyen, en la actualidad, puntos
medulares entre los principales temas del debate sociopolítico salvadoreño. En resumen, los doce años de guerra civil, los triunfos, las
derrotas, los asesinatos, las persecuciones, el temor y la inseguridad,
contribuyeron decisivamente a moderar las posturas más extremas y a aceptar que
si no se podía exterminar al enemigo al menos había que intentar convivir con
él. El FMLN decidió, al firmar los acuerdos de paz, competir electoralmente por
una cuota de poder, siempre revocable a través de las urnas, y el sistema
político se abrió a las propuestas ideológicas y políticas del FMLN convertido
en partido político. Este fue uno de los logros más importantes de los acuerdos, con
los cuales la transición a la democracia dio un paso sin precedentes. Ahora
existe un amplio consenso entre los más diversos grupos sociales y políticos de
que la democracia es mejor que el autoritarismo.
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